Una noche con los Amigos de la Calle

“Alguien de la Cruz Roja me resucitó por allá, el otro día, ¿quién fue?”, preguntaba un hombre en situación de calle a los voluntarios de la Junta Provincial de Pichincha de la Cruz Roja Ecuatoriana (JPP), el sábado en la noche, a las afueras del Hospital Eugenio Espejo. Inmediatamente, un paramédico se acercó a preguntarle cómo estaba y si tenía alguna herida que pudiera atender. El hombre manifestó que no; entonces otro voluntario se acercó a brindarle comida, algo caliente que beber y a conversar.

Amigos de la calle, así conocen las personas sin hogar, de la ciudad de Quito, a los voluntarios de Cruz Roja Pichincha que, dos sábados de cada mes, recorren las calles brindándoles ayuda humanitaria durante las noches. Así también se llama este proyecto que, desde hace ocho meses, desarrolla la JPP como parte de su trabajo social, explicó Rebeca Yánez, coordinadora del programa de Salud y Desarrollo Comunitario, de la Junta.

En las calles de Quito

A las 8 pm empezó el recorrido. En el primer punto había siete personas en estado de calle. El equipo encargado de la seguridad operativa bajó de la furgoneta, se acercó e hizo el primer contacto, luego comunicaron que los demás podían salir de los vehículos. El grupo de primeros auxilios localizó a las personas que tenían heridas y los atendieron. Un equipo de logística entregó los alimentos que los mismos voluntarios prepararon, el menú: arroz relleno y agüita de hierba luisa. El grupo de apoyo psicosocial se acercó a cada persona para preguntarles cómo les ha ido.

Acostado sobre plásticos estaba don Gustavo. Mientras era atendido por los voluntarios, hablaba: “mira, yo tengo un clavo y la otra semana me caí chumado y me duele. El Andresito, la otra semana, en la Toca me vendó. ¿Y su hijita la bebé? Tengo un clavo, me caí y me duele, andaba con los zapatitos rotos y me caí. Póngale con cariño como el Andresito. Me saqué para bañarme, pero sí me duele”, decía mientras le colocaban un vendaje. Rebeca lo abrazó para consolarle.

Después de 20 minutos fuimos al parque Ejido. Allí, el equipo de seguridad indicó que no bajasen el resto de los grupos: había riesgo de hostilidad. Ellos repartieron los alimentos y se continuó con la ruta.

En la calle Santa Prisca, diagonal al Consejo de Participación Ciudadana (CPCCS), duerme doña Luz, una mujer anciana, junto a su hijo Nelson. Ambos llevan décadas en la calle. Un perrito de nombre Zambo los acompaña. Para ellos, la vereda de esa cuadra es su casa. Los voluntarios les brindaron los alimentos y conversaron largamente con ambos: “bien he estado, la agüita quiero. Ha faltado azúcar, traerame un quintal de azúcar”, decía doña Luz riendo mientras bebía.

Por el colegio Mejía duerme un grupo de doce personas, se cuidan entre ellos. Allí estaba Luis P., canadiense criado en Argentina. Saludó en francés, vestía elegante: “antes estaba por el Hospital Espejo, es peligrosa esa zona. Cuando vienen y nos traen algo me quedo a dormir acá, es preferible eso a que a uno le den una puñalada, acá somos más, nadie se va a meter con nosotros (…) Cada uno tiene su estilo, yo trato de estar lo mejor posible porque a uno lo juzgan por la apariencia. Si lo ven mal lo tratan como a un desechado. La mayoría de gente que vienen a dejar cosas piensan que somos basura. Trato de estar lo mejor posible”, contó.

Pasaban las 10 de la noche, hacía bastante frío. En la vereda, Francisco N. recibía atención. Él tiene una placa metálica expuesta que sale de su pierna: “yo soy constructor, yo estuve sano. Un día tomé un trago y cuando fui a comprar, al regreso me pasó una camioneta. Yo arrendaba un cuartito, ahora no tengo plata. Salía a trabajar parqueando carritos. Tengo familia, pero no quiero molestarles, no les pido. Yo trabajo (…) he trabajado por todo lado, pero desde hace tres años, por el problema que tengo, no”, dijo.

La herida de Francisco está infectada y corre peligro de que la infección se generalice y pierda la vida; requiere atención médica, explicó Santiago Llanganate, médico precursor de los Amigos de la Calle. Inmediatamente, el programa puso el caso en conocimiento de las instituciones de salud pública.

En los exteriores de la Basílica del voto nacional había otro grupo de personas durmiendo en una vereda. Los voluntarios bajaron para atenderlos. Una chiva con música y personas festejando se había detenido, en su interior jóvenes bailaban y cantaban, un sábado de fiesta más.

Para Brenda Enríquez, trabajadora de la Junta, fue la primera vez que salía con los Amigos de la Calle: “es una experiencia muy fuerte, pero quiero seguir haciéndolo, porque tal vez no es mucho, pero a un señor le entregué una correa con un pantalón y él la abrazó y dijo no sabe, justo lo que necesitaba. No le cambias la vida, pero al menos le das un momento de atención y lo ves, porque si no es invisible”, explicó.

En el último punto, los voluntarios atendieron a Vicente. Él saludó con alegría y un abrazo a los voluntarios, contó que los municipales lo quisieron sacar hace poco y tuvo que enfrentarse a ellos, pues se querían llevar sus cobijas: “pasé enfermo en el feriado, una gripe, un trancazo del diablo. Me quería levantar, pero no podía. Ahora como que me quiere dar sinusitis (…) Mataron a una chica que sabía venir, le dieron un piedrazo en la cabeza, se había puesto a beber”. ¿Y su parlante?, preguntó Rebeca. “Se me dañó y prefiero una radio a una compañera, me consuela más”, dijo Vicente entre risas.

Se atendió, aproximadamente, a 75 personas. “Antes dábamos atención a 40 personas, ahora a más, pero podemos estirar los pies hasta donde nos dan las cobijas, por eso buscamos alianzas con empresas o instituciones que quieran apoyar”, contó Yánez. El recorrido terminó la madrugada del domingo, eran poco más de las 12 am y los vehículos se encaminaron para volver a la sede de la institución.

En Cruz Roja Pichincha

El trabajo de los voluntarios inicia antes de salir a la calle. Desde las 5 pm empezaron a llegar a las oficinas de la Junta Provincial de Pichincha. Todos llevaron algo que cocinar: arroz, pollo, salchichas, verduras… Se reunieron en una cocina y manos a la obra. El espacio es pequeño. Mientras un grupo preparaba el arroz y otro desmenuzaba el pollo, en el pasillo, otros tres picaban cebolla. Las bromas y las risas no faltaban, el compañerismo era evidente. Para la mayoría, no fue la primera vez.

Terminado el arroz, lo repartieron en tarrinas y guardaron en cajas. Otro grupo de voluntarios preparó los insumos médicos y, una vez listo todo, se uniformaron. Pantalones oscuros, chaquetas rojas y un peto blanco, con la cruz, emblema de la institución, bien visible. Antes de salir, todos recibieron algunas explicaciones por parte de la coordinadora del programa sobre cómo abordar a las personas en situación de calle, respetando la dignidad de ellos y los principios de Cruz Roja, y formaron los equipos.

Cruz Roja no recibe recursos de instituciones públicas o privadas, por lo que el trabajo que realizan es producto de la autogestión y donaciones. María Dolores Ponce, presidenta de la Junta Provincial de Pichincha, explica que “somos como una tiendita, de lo que vendemos subsistimos. No trabajamos con fines de lucro (..) Pero sí estamos, de alguna manera, subvencionando programas que los gobiernos locales o el Gobierno Nacional no pueden cumplir”.

Los sábados que los Amigos de la Calle no salen en la noche asisten, en la mañana, a la Toca de Asís, una fraternidad donde las personas en situación de calle reciben alimentos. Allí, los voluntarios de Cruz Roja les brindan atención en primeros auxilios básicos.

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